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Muchacha en la ventana

La mañana era fresca y húmeda. Como cada día me levanté algo antes de la salida del sol y mi padre ya no estaba allí, así que salmuchacha_ventanaí de la cama para recoger la cocina y tomarme un vaso de leche antes de empezar con la rutina. Me encantaban aquellos días de junio en que la brisa de la mañana es incluso fría, pero transporta consigo el olor a sal y amanecer que anuncia la próxima llegada del verano.

Nuestra casa, anclada en una gran roca, pertenecía a un barrio de pescadores. No se podía decir que viviéramos sumergidos en lujo, pero tampoco que nos faltara de nada; además, ¿quiénes de los que residían en las grandes ciudades tenían la posibilidad de ver nacer el sol sobre el mar como yo?

En eso pensaba cuando me di cuenta de que se me estaba haciendo tarde. Fregué el tazón de leche, me hice con mis bártulos de limpieza y, trapo en mano, empezó mi día. No me había dado tiempo a nada cuando escuché un gran portazo en el salón. Terminé de recuperarme del susto, me acerqué hasta allí y vi lo que ocurría: la gran ventana verde se había quedado abierta y, con la corriente, la hoja y las cortinas bailaban sin control. No pude hacer otra cosa que reírme de mí misma.

Al intentar cerrarla vi a mi padre a través de los cristales, abajo, a lo lejos. Estaba sentado en una piedra mirando al mar, con una mano sujetando la barbilla y la otra dejada caer sobre la pierna.

Desde esa posición no conseguía ver su cara, pero yo sabía perfectamente la expresión que tenía, y era de nostalgia.

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Casi todas las mañanas pasaba lo mismo; casi todas las mañanas lo visitaba el fantasma de mi madre y mantenían largas conversaciones.

Mi madre había muerto cuando yo tenía cinco años. Recordaba su largo pelo moreno, sus piernas, a las que me abrazaba cuando algo me asustaba, y sus labios, que me habían dado los besos más dulces. Pero lo que más recordaba era su olor. Siempre olía a mar, a sal, a agua, a vida. Y cuando la neumonía se la llevó, nos dejó en una barca llena de flores que se perdió en el horizonte un amanecer de otoño.

Papá siempre decía que era una sirena, libre como el viento, que se mezclaba con el mar como si nunca hubiera debido salir de él. Bromeando le decía que, realmente, lo que a ella le gustaba de él era su barca de pescador, entonces mamá se reía a carcajadas y con un beso lo arreglaba todo. Cuando mamá se fue, papá me convirtió en su vida, dejó de salir y de relacionarse. Parecía que hubiera pasado a ser un robot que únicamente se humanizaba cuando se sentía cerca de ella, y lloraba y lloraba, como esa mañana.

Apoyada en el alféizar, vi cómo se levantó, se estiró y se echó agua en la cara. De repente miró hacia arriba, me saludó con una sonrisa y tiró un beso al aire. Yo hice lo mismo.

En el fondo sabía que algún día no volvería, para quedarse con ella.

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