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El Señor de los Gatos

 

­­­­­­­­­­­­­­­­­–¡Pues vete de aquí y no se te ocurra volver a poner un pie en esta casa!

–¿Ah, sí? ¡Pues estupendo, así estaremos las dos contentas!

 

Volé por el pasillo, cogí el abrigo y el bolso y, con un portazo, me adentré en la noche.

Hacía mucho frío y en la calle no había un alma pero, la verdad, era de agradecer. Después de la discusión con mi madre el corazón me iba a mil por hora y sentía mis mejillas enrojecidas por la rabia, así que algo de frescor y silencio no me vendrían mal para serenarme un poco.

 

Miré el reloj. Las tres de la mañana. Demasiado pronto para que abriesen las cafeterías y demasiado tarde para llamar a alguien. Me senté en un banco y, mientras me liaba un cigarrillo pensé que quizá si esperaba un rato a que mi madre se acostase, podría volver a la casa y dormir en mi cama.

 

 

Le di una larga calada al cigarro mientras pensaba que ya era hora de volver a casa. El frío empezaba a ser desagradable y, después del subidón de la pelea, estaba comenzando a notar el cansancio. Me levanté del banco y enfilé el camino de vuelta a casa. ¡Cómo deseaba que llegase el día que pudiera decidir si volver o no!

 

Subí por las escaleras hasta llegar al descansillo de mi piso y metí la llave en la cerradura. Perfecto. Mi madre había dejado las llaves puestas para que no pudiese entrar.

 

–Pues nada –suspiré–. Así estamos.

 

Me apoyé en la pared y me dejé resbalar hasta el suelo mientras sacaba el móvil del bolsillo. Eran las cuatro menos cuarto de la mañana y como lo despertase me iba a matar. Aunque también me mataría si no lo llamaba, así que marqué el número y recé por que no hubiese puesto el móvil en silencio. A los tres tonos sonó el descuelgue.

 

–¿Qué pasa cariño? ­–dijo con la voz alterada del que se acaba de despertar sobresaltado.

 

Le expliqué lo que había pasado y no tardó en decir:

 

–En media hora larga estoy ahí. No te preocupes, te vienes a mi casa y ya veremos qué hacemos mañana, ¿de acuerdo?

–Vale. Gracias.

–Nada, cariño. Todo irá bien.

 

Tres cuartos de hora sentada esperando se me antojaban larguísimos así que decidí coger camino por donde él llegaría y en algún momento nos cruzaríamos.

 

Me encendí otro cigarro mientras bajaba mi calle y aceleré el paso para entrar en calor. No merecía la pena seguir dándole vueltas a algo que no se iba a solucionar en las próximas horas, de modo que decidí limitarme a disfrutar del silencio de la noche en la que parecía que toda la ciudad era para mí.

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Vivo en un barrio residencial así que no suele haber nadie en la calle de noche, como mucho algún coche despistado, pero en ningún caso alguien a pie. Por este motivo me extrañó tanto ver, a lo lejos, una silueta que se hacía más grande conforme yo iba caminando, por lo que, o bien ese alguien estaba parado, o bien caminando hacia mí. La idea de cruzarme con un extraño a esas horas tan intempestivas me inquietaba un poco. Me cambié de acera con un movimiento disimulado. Sin embargo, al irme aproximando, comprobé que se trataba de un hombre de mediana edad paseando a un perro y que llevaba, en ambas manos, bolsas cargadas de algo que todavía no lograba distinguir.

 

Podía ser un mendigo que fuera de contenedor en contenedor recogiendo aquello que pudiese necesitar, pero deseché esa idea por el perro. No soy experta en razas caninas, pero de pequeña vi Beethoven y ése era claramente un San Bernardo. Un perro así no es accesible para cualquiera. Fue entonces cuando decidí pararme y observar; siempre me ha gustado levantar, de vez en cuando, los ojos del suelo para mirar a mi alrededor, y más en ocasiones insólitas como aquella. Sin duda fue una decisión acertada ya que, lo que vi a continuación, me sorprendió aún más. El hombre en cuestión se detuvo a cierta altura de la calle y sacó parte del contenido de la bolsa para depositarlo en el suelo. En ese momento sí pude ver lo que era: latas; muchas latas que iba abriendo a la vez que una decena o, quizá, una veintena de gatos se acercaban maullando y comenzaban a comer de su interior.

 

Mi cuerpo se relajó y el instinto me hizo volver a cruzar la carretera y acercarme más a aquella escena. Alguien que dé de comer a gatitos necesitados no puede ser peligroso, pensé. Cuando estuve a una distancia lo suficientemente cercana como para poder comunicarme con aquel señor sin tener que alzar la voz, pregunté:

–¿Puedo tocarlo?

 

El hombre levantó la mirada de repente, aunque no parecía muy sorprendido así que supuse que me había oído llegar. Cuando me vio señalar al perro esbozó una media sonrisa.

–Claro que sí. Es muy cariñoso.

 

Entonces me di cuenta de lo más increíble de aquel momento. El perro, tan gigante como un San Bernardo de tamaño medio, estaba totalmente rodeado de gatos y parecía hasta divertirse. Me acerqué a él y le acaricié enérgicamente en el cuello, detrás de las orejas, como les gusta a los perros.

 

–Hola bonito. ¿Cómo se llama? –pregunté.

–Se llama Lucas.

 

El nombre era definitivamente genial.

 

–¿Cuántos gatos, no? Ya sabía yo que por esta zona había una manada, lo que no me imaginaba es que alguien fuese responsable de que estén tan bien alimentados.

 

El hombre emitió algo parecido a una carcajada antes de contestar.

 

­–Sí, vengo aquí cada noche, con Lucas, a darles de comer antes de ir a trabajar.

–¿Tan temprano? –pregunté sorprendida señalando mi reloj.

–Bueno, no duermo bien así que no tengo nada mejor que hacer. A parte de en este sitio, también paro en dos más un poco antes y, en otro, algo más abajo en esta misma calle.

 

Reparé en las latas que estaban devorando los gatos, grandes y pequeños. Eran todas de las mejores marcas del mercado. Mis gatas se hubieran muerto por algo así.

 

–Yo tengo dos gatitas en casa recogidas de la calle, así que me alegro de que éstos estén felices. Podrían, incluso, ser familia de las mías –reí.

 

Desde luego, si yo no las hubiese tenido en casa me gustaría que hubiera alguien que las cuidara.

 

Aunque la conversación era fluida me percaté de que, realmente, al hombre ,que en ese momento se agachaba a recoger las latas vacías, no le interesaba en absoluto lo que yo pudiese contarle. Parecía inmerso en un ritual personal. Decidí que ya era el momento de seguir mi camino.

 

­–Bueno, pues que tengáis buena noche –sonreí–. ¡Adiós Lucas!

–Buenas noches –contestó el hombre que seguía concentrado en sus quehaceres.

 

Continué con la ruta planeada, aunque ya no podía parar de sonreír. Todo el mundo tiene sus manías y sus rutinas, pensé, pero nuca imaginé que hubiese alguien que perdiera su tiempo y su dinero en cuidar, de esa manera tan anónima, a animales que no tienen la suerte de vivir con una familia que los quiera. Aunque, en realidad, seguramente no eran tiempo ni dinero perdidos, sino ganados, ya que él y Lucas eran felices así, velando por unos gatitos que los esperaban cada noche.

 

Unos faros deslumbrantes aparecieron al final de la calle. Era él. El coche paró y me subí, dentro estaba la calefacción puesta, sin embargo, yo ya no tenía frío.

 

­–¿Qué tal cariño? –preguntó– ¿Mejor?.

–Sí –contesté–. He conocido al Señor de los Gatos. Y a Lucas.

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