¿Por qué no me quisiste bien?

 

Recuerdo.

 

Recuerdo algunas cosas con nitidez. Otras en sepia, como si fuese parte de una película antigua, elegante y sin diálogos. A veces la banda sonora es rock, folk o un piano desnudo. Y ahí estamos tú y yo, queriéndonos y peleándonos a partes iguales con una furia hasta ese momento desconocida para mí.

 

Recuerdo que, cuando te conocí y me besaste por primera vez, pensé que si la dejabas a ella y decidías cogerte de mi mano tendría que casarme contigo. Podía quedarme embobada en tu mirada y anestesiada en tus brazos, podía resumir la felicidad en una caricia tuya, sentirme la más importante del mundo porque tú me habías elegido. Porque me elegiste. A mí. Y yo no me lo podía creer. ¿Qué había hecho yo para merecerte? ¿Para ser digna de tu tiempo, tu atención, tu cariño? Si la muerte me hubiera venido a visitar entonces me habría pillado sonriendo.

 

¿Por qué me engañaste entonces? ¿Por qué, cuando yo te ofrecí mi vida, te empeñaste en volverla gris y caótica con tus mentiras? ¿Por qué preferías convencerme de que estaba loca en vez de afrontar las consecuencias de tus actos? ¿Por qué incluso fuiste capaz de mentirle a una persona con la que habías compartido seis años de tu vida para conservar… ¿Qué? ¿La reputación? ¿Tan poco te importa la felicidad de la gente que te quiere? ¿Se puede llegar a ser tan egoísta?

 

Tú me enseñaste que sí. Que más vale parecer a ser, que el fin justifica cualquier medio. Que la empatía es para débiles. Y que nunca elegirías proteger a los tuyos por encima de protegerte a ti mismo.

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Tardé en darme cuenta, pero lo hice. Al final me percaté de tus manipulaciones, tus complejos y la campaña de desacreditación que habías iniciado contra mí. Ni siquiera me dejabas desahogarme con la gente que me quería porque eso era traicionarte. Ahora entiendo que no querías que hablara, fuera a ser que lo hiciera y se te cayera tu precioso castillo donde tú eres el rey. De hecho no sé como no lo vi cuando me dijiste que si contaba lo que me hacías nadie me iba a creer, porque nadie en su sano juicio aceptaría que tú eres capaz de hacer esas cosas, de humillar, de vejar, de adulterar la realidad y, si es necesario, ¿por qué no pegar? Pero claro, eso era lo que yo te obligaba a hacer. Al fin y al cabo nadie como yo te sacaba de tus casillas.

 

Tu única justificación, cuando viste que tus estrategias no funcionaban tan bien como antes y probaste a disculparte, fue “no quería perderte”. ¿Se puede no querer perder a una persona pero sí querer destrozarla?

 

“No tienes dignidad, ni sabes lo que es eso” Claro que no tenía dignidad, tú me la arrancaste. Me derribaste y me reconstruiste con unas riendas que sólo tú manejabas. Las espuelas con las que me azuzabas tenían unos dientes muy afilados y me dejaron cicatrices.

 

Mientras, me asegurabas que el alcohol era bueno para las heridas.

 

Y yo te creía porque te quería. No había para mí un horizonte donde tú no estuvieras, no existía un futuro si no era junto a ti. Me enseñaste que yo no valía, que yo no era si tú no me acompañabas.

 

Cuando yo quise salir de ti te asustaste y volviste a mí, sabías que eras mi talón de Aquiles. Mi debilidad. Parte de mi alma la tenías tú y eras consciente de que querría recuperarla. Y te perdoné. Ahora lo pienso y me doy una mezcla de vergüenza y asco.

 

Pero yo ya no era la misma. Ya no confiaba en ti, ya no disfrutaba con tus caricias, que me quemaban. Ya no te anteponía a todo. Ya no eras el centro de mi mundo.

 

Entonces fue cuando te convertiste en un ser, si cabe, más peligroso. Las humillaciones se convirtieron en chantajes, los golpes en palabras que aseguraban que yo era una mala persona. Y volví a creerte una vez más. Dudaba de mí misma, de mis actos y de mis intenciones. A base de repetirme una y otra vez lo loca que estaba y lo mala que era acabé convirtiéndome en eso. Ya me tenías controlada de nuevo, esta vez a través del sentimiento de culpabilidad. Al fin y al cabo, con nadie eras como conmigo, así que seguramente sería todo producto de mi imaginación y, efectivamente, eso me convertía en algo parecido a una demente.

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Ahora que te echo tanto de menos, que si vinieras y me pidieras perdón te perdonaría, y que no soy capaz de aceptar que no va a haber un nosotros, soy más consciente que nunca de que lo que hoy es dependencia un día fue amor. Del de verdad. Del que vibra en el aire. Del de morir y matar por ti.

 

Qué pena que yo te ofreciera el mundo y tú lo calcinaras.

 

¿Por qué no me quisiste bien?

 

¿No era más fácil?

 

 

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