Y que viva el postureo.

Hoy no me han llamado mis amigos para quedar, y eso que saben que estoy pasándolo mal porque el chico con el que me lié hace cinco años pasa de mí. Encima, ayer estuve ayudándoles durante horas a arreglar un asunto y ni siquiera pude dormir. Nadie me obligó a hacerlo, pero yo soy muy desprendida. Bueno, por lo menos me desahogué con alguien y eché todo lo que tenía que echar por la boca . Son unos desagradecidos y unos caraduras. Qué cabrones. Desde luego no tienen derecho a tener una vida si no me incluyen en ella. De hecho, voy a llamar a mi amiga del alma, esa que me pasa su suave mano por el lomo mientras me consuela y me recuerda que es la única que me quiere, para ponerles verdes a todos. Que se jodan. Aún así ya estoy preparada para volver a ponerles mi sonrisa profident, se vayan a pensar que soy una estúpida.

Además, por si fuera poco, he decidido darme un paseo bohemio por la playa mientras escucho música. Pero música de la que tiene letras tristes y descorazonadoras que quedan tan bien en Instagram.

O no, quizá hoy toca algo positivo que me convenza de que nadie puede conmigo y que soy totalmente capaz de comerme el mundo. Esas incluso pueden quedar mejor. No sé, no lo tengo decidido, lo pensaré por el camino.

El problema va a ser cómo enfocar la cámara mientras me hago la foto casual, no tengo muy claro cómo parecer desprevenida.

Cojo mi bolso, meto un par de libros, el iPod, la cartera y la bolsa de maquillaje que no falte.

Casi se me olvida. Abro Twitter: “A veces en la soledad es donde mejor te encuentras contigo misma”. Toma ahí. Qué bonito me ha quedao. Que aprendan que no los necesito para nada. Ya me echarán en falta.

Llego a la playa (mierda-de-arena-que-se-me-mete-en-mis-zapatos-super-exclusivos-de-PRIMARK). Extiendo mi pareo. Me siento y miro al mar.

Qué complicada es la vida, qué solos estamos en un mundo tan grande. Qué poca gente merece la pena. Qué poca gente merece mi amistad. Porque yo, a parte de ser un pelín falsa de vez en cuando (sólo de vez en cuando), soy muy buena amiga porque hago muchos favores. Y los demás son todos unos desagradecidos.

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Vaya, me he cansado de pensar.

Esto de reflexionar es más duro de lo que pensaba.

Miro el cielo pero no está especialmente bonito hoy. Bah, con los filtros de las fotos lo arreglo en un santiamén.

A ver, vamos allá.

Joder, un niño se me ha puesto delante y me fastidia el encuadre paisajístico. Qué inoportuna es la situación, que ni siquiera me deja presumir en condiciones de mi serena e independiente soledad.

Ahora sí. Y ya que estamos, también echo un selfie lateral mirando el horizonte, que eso nunca sobra. Pero de lado los morritos quedan raros. Nada, de frente y a pastar, que salgo más guapa y tengo la pose más ensayada.

Me aburro. Me aburro mucho. Y la arena es una molestia horrible.

Bueno, a ver qué libros me he traído.

Mmmm… 50 Sombras de Grey y Bajo la misma estrella. Estos libros, muy intelectuales no son, aun así hay arreglo para todo. Encojo las piernas, abro un libro y pongo el iPod sobre sus páginas. Casi me tengo que descoyuntar para sacar todo eso con el mar de fondo. Tampoco tiene hoy el agua un color muy especial pero, como ya he dicho antes, eso se soluciona rápido.

No me gusta la foto; venga echo otra. Tampoco. Otra. Al décimo intento consigo la foto perfecta. Estoy hecha una artista. Ahora emborrono un poco las letras del libro con un efecto viñeta y a ver quién es el guapo que se entera de qué libros estoy leyendo. Fácilmente podría pasar por Cien años de soledad. Que oye, a mí me gusta leer, pero mejor cosas ligeritas.

Subo la foto. Quince minutos más tarde he encontrado la frase perfecta en una página de motivaciones: “Llega un punto donde tu mente colapsa y empiezas a tratar a todo el mundo tal y cómo se merece”. Joder, esta es mejor que la anterior, lleva pullita incluida. Soy una máquina, ¿eh?

Bueno, ya me he aburrido de posturear por hoy. Me voy a mi casa que, para hacer el panoli, por lo menos allí me puedo sentar en condiciones y no se me duermen las piernas.

Recojo las cosas del suelo, con cuidado, se me vayan a manchar de polvo. ¿Pero qué…?

¡Oh Dios, no! ¡Se me ha roto una uña! ¿Y ahora qué hago con mi vida?

Qué ridículo es intentar fingir que eres lo que no eres capaz de ser. Qué triste es vivir fingiendo y no siendo.

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4 pensamientos en “Y que viva el postureo.”

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