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Siempre adelante. Concurso.

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Inspiró profundamente y cerró los ojos. Ante ella se extendía una masa de agua azul dividida en calles. Un nuevo ring, un nuevo reto. Nunca le había dado tanto respeto y, sin embargo, sabía que lo lograra o no, estaría orgullosa de intentarlo. Se balanceó de un lado a otro, sacudiendo los brazos y dando pequeños saltos. Con cada zarandeo se libraba un poco más de aquellos nervios que se le anudaban en el estómago. Abrió los ojos y espiró. Estaba lista para competir. La única novedad era que, en aquella ocasión, su única rival se encontraba en ella misma.

—¿Lista? —El entrenador preparó el cronómetro y sonrió.

Ella asintió, un tanto indecisa. El lado izquierdo le temblaba y podía notar que lo hacía con más virulencia que de costumbre, aún así, haciendo caso omiso, se agachó, estiró las piernas y se preparó para el vuelo.

—Tres, dos, uno… ¡Ya!

El impulso con el que se lanzó al agua acabó finalmente con todas sus dudas; ya no había marcha atrás. Nadar es lo más parecido a volar que puede hacer el hombre y así lo sintió ella: estaba volando. Su discapacidad desaparecía si no había gravedad. Recuperaba su cuerpo, volvía a ser la que era antes.

Una brazada tras otra se deslizaba hacia delante, como una metáfora de lo que intentaba hacer día tras día; seguir con su vida, por su familia y por ella. También por las personas que algún día le dijeron que nunca lograría regresar al deporte.

 

Entonces recordó ese momento, esa bofetada en la cara que había recibido tres años atrás despertándola de la anestesia de la operación. Cuando abrió los ojos y vio a sus padres al lado de la cama del hospital, se sintió segura por primera vez desde que le habían dado el diagnóstico.

—Tiene un tumor cerebeloso —le había dicho el médico a su madre cuatro meses antes—, y si no operamos con urgencia puede morir en poco tiempo. Es una operación de alto riesgo, hay un cincuenta por ciento de posibilidades de que muera y, si vive, hay un treinta por ciento de posibilidades de paraplejía o, incluso, tetraplejía.

 

Siguió nadando, otra brazada, siempre hacia delante. El agua estaba muy fría y despejaba su mente. Aún así, los recuerdos no dejaban de golpearle en lo más profundo de ella.

 

Volvió a ver de forma nítida la cara de sus padres al recibir la noticia y revivió la irrealidad que había tomado para ella la vida, casi deteniéndose a partir de entonces. Pero no había muerto. Había despertado de la operación tres años atrás en una odiosa habitación blanca de hospital. Había vencido a la mitad de las estadísticas y había sonreído pese al fuerte dolor de cabeza.

—Hola, cariño. ¿Cómo te encuentras?.

Su madre la cogió de la mano y se acercó a su frente para besarla.

«Hola mamá».

—¿Estás bien?

«Me duele un poco la cabeza».

Los padres miraron extrañados a la enfermera, que trasteaba las vías y los monitores, moviéndose con rapidez alrededor de la cama.

—Voy a llamar al doctor —dijo rápidamente la mujer.

«¿Qué pasa, mamá? ¿Papá? ¿No me oís? ¡Estoy hablando! ¿Qué pasa?».

Las lágrimas de rabia se le agolparon en los ojos. No podía ser real. No podía haberse quedado en una silla de ruedas para los restos. No era justo.

A los pocos minutos llegó el médico, entró en la habitación y le hizo un reconocimiento. Cuando terminó, asintió en una afirmación que sólo entendía él y dijo:

—Creemos que sufre hemiparesía lateral izquierda, era uno de los riesgos de la operación. Es posible que tarde en recuperar el habla y la movilidad, y le quedarán secuelas permanentes.

—¿De cuánto tiempo estamos hablando? —preguntó su padre como en un lamento.

—Más o menos un año, quizá más. Pero se pondrá bien. Lo más importante es que está viva. No os preocupéis, es una chica fuerte y, dentro de lo malo, podría haber sido peor.

Un soplo de alivio le recorrió el cuerpo al no escuchar la palabra temida, tetraplejía, pero ella no sabía si quería seguir viva de ese modo. Quiso gritar, llorar, patalear y maldecir, sin embargo, ni sus miembros ni su voz le respondieron en aquel momento.

 

Las escenas se sucedían mientras llegaba al otro lado de la interminable piscina. Llevaba años sin nadar, pero pareciera que la última vez que lo había hecho fuese el día anterior. Giró sobre sí misma, flexionó las piernas y se impulsó en dirección contraria.

Brazo izquierdo, brazo derecho. Siempre adelante.

Estaba experimentando lo más parecido a la felicidad que podía recordar. Sonrió bajo el agua.

De pronto, pensó que ni siquiera le importaba demasiado que no la admitieran en el equipo. Se acababa de recuperar a sí misma y, aunque no la quisieran allí, ya nunca pararía de nadar. Se sentía agotada, sin embargo, era un cansancio intensamente reconfortante.

Por fin terminó de nadar y, mientras salía del agua y se acercaba al entrenador, recordó cómo se había sentido al poder decir su segunda primera palabra, al caminar sus segundos primeros pasos y al correr su segunda primera carrera por las calles de su pueblo. El lado izquierdo de su cuerpo le seguiría dando problemas toda su vida, pero no parecía tan malo comparado con otras expectativas.

—Lo has hecho bien —dijo el hombre—. Con un poco de esfuerzo, podrás estar compitiendo en unos meses. Enhorabuena, te espero mañana a las cuatro de la tarde para el entrenamiento, no llegues tarde.

La chica asintió, se arrebujó en la toalla que recogió del suelo y se fue corriendo. Tenía que contárselo a sus padres cuanto antes.

 

Cinco meses más tarde, salía del agua en una competición nacional para recoger una medalla de oro. La siguiente meta, Tokio 2020. Y así, siempre adelante.

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