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Contigo aprendí

Cierro los ojos y puedo transportarme a ese lugar contigo. Yo subida a tus pies, tú muy alto y sonriente, enseñándome a bailar. Valses, boleros. Puedo volver a ver a mi madre bailando contigo un pasodoble como si fuera un concurso profesional. Tanta elegancia, tanta belleza. Puedo verme escalando tus piernas para sentarme contigo y no dejarte leer el periódico. Puedo oler tu colonia y escucharte decir “mi rubilla”. Puedo volver a esconderme en la habitación de tus herramientas, donde nadie me encontraba, en la que me encantaba que me explicaras para qué servía tanto tornillo y tuerca. Puedo volver a jugar con esas réplicas chiquititas de retroexcavadoras que estaban en tu despacho. Puedo volver a correr en la oficina e ir a visitarte mientras trabajabas. No sé si te molestaba. No lo parecía. Y a mí me gustaba.

Puedo volver a hacer todas esas cosas porque he tenido la suerte de vivirlas junto a ti y no las olvido.

He tenido la suerte de ser tu nieta, la mayor. La que más te ha disfrutado, a la que has criado como si fuera una hija, a la que has cambiado los pañales cuando con ningún otro bebé lo hiciste. Porque fuiste el padre que nunca tuve. Fuiste mi referente, una autoridad a la que no se le teme, se le respeta, un ejemplo de tesón y honestidad.

Recuerdo las noches de sábado viendo alguna de Steven Seagal y los domingos de fútbol. Tú eras del Atlético de Madrid; te recordaba a tu padre. Yo era del Real Madrid; por tocar las narices. Tengo una cosa que contarte: ya no soy del Real. Ahora vivo contigo las victorias y las derrotas de tu equipo, porque me encantaría poder disfrutarte unos años más. Sería estupendo poder tomar una cerveza contigo o, mejor, un pacharán en copa balón con hielo, en el paseo marítimo de Málaga, a la luz de un sol que te enrojecería la frente y las mejillas, haciendo que tus ojos se vieran aún más verdes.

Daría lo que fuera por volver a ver esa sonrisa de tus ojos. Porque tú, Yeyo, sonreías con los ojos.

Me haría muy feliz contarte que ya soy mayor, que tengo mi carrera y que vivo en Madrid, la ciudad que te vio madurar y a donde volvías cuando querías ser feliz. Donde más disfrutaste, donde estaba tu familia, tu padre, tu madre y tus hermanos, a los que tanto quisiste como siempre querías: bien y mucho.

Ahora te nos has ido después de luchar como un valiente durante más de diez años contra una enfermedad terrible que te quitó lo más preciado: tu mente. El Alzheimer ha sido un rival duro, demasiado. Pero tú has demostrado que querías vivir, a pesar de todo, como siempre. Eras fuerte y lo quisiste manifestar. Olé por ti, Yeyo. De pequeña, mientras bailábamos juntos, nunca habría llegado a pensar que nada ni nadie pudiera contigo. No has decepcionado, has sido un contrincante extraordinario.

Por fin descansas. Seguro que estás en las playas de tu querida Cádiz nadando en lo más profundo, donde a todos nos daba miedo llegar; sin embargo, no existía el miedo contigo. Quizá tienes tu velero soñado y viajas a la luz de un sol eterno y amable. Quizá estás dando clases de Matemáticas a un grupo de niños apasionados por los números (todos sabemos que eras un profesor frustrado de Matemáticas, no podías ocultarlo). O quizá estás levantando edificios inmensos, modernos, creando soluciones ingenieriles imposibles, como ya hiciste con el edificio de Hacienda de Málaga, tu mayor orgullo, y el nuestro. “Eh, que ese edificio tan grande que veis ahí y tan indestructible, lo hizo mi abuelo, ¿eh?” Igual de indestructible que tú, Yeyo, exactamente igual.

Hoy te digo que es un orgullo llevar tu apellido. Es un orgullo grandísimo haber recibido tus abrazos. Es un orgullo haber disfrutado de tu tiempo y haber aprendido de ti. Porque contigo todos aprendimos a conocer un mundo nuevo de ilusiones, a ser dichosos, a hacer mayores nuestras contadas alegrías, a ver la luz al otro lado de la luna y a vivir las cosas buenas.

Eras una persona con la que apetecía, simplemente, estar. Eras luz. Una luz tibia y reconfortante. Ya eso ha dejado de ser una metáfora. Estoy segura de que sigues ahí, preocupándote por nosotros y riéndote con nosotros, que nos velas, nos empujas y nos alertas. Y así es como yo me siento segura, porque estás con nosotros y sonríes. Sonríes con esos ojos verdes que nunca olvidaremos, porque si algo no se puede dejar en el olvido es la sonrisa más bonita del mundo.

Con todo el cariño del mundo, hasta siempre y gracias por haber existido.

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18 thoughts on “Contigo aprendí Deja un comentario

  1. ¡Uf! Me he emocionado leyéndolo. Te puedo imaginar a ti escribiéndolo. Un sincero abrazo. En algún lugar, unos ojos verdes sonríen y velan por tu vida. No lo dudes.

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