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Los urinarios indecentes

Volvemos con la serie “Entrevistas Difuntas” abierta por la Entrevista a Martínez Montañés, esta vez imaginando que somos críticos de arte que han ido a visitar la exposición en la que Duchamp mostró por primera vez su “Fuente”, obra extremadamente polémica que cambiaría la Historia del Arte.

-Nueva York. 28 Diciembre 1918-

Rocío Goitia Herraiz

Dos requisitos eran necesarios para presentar una obra a la Sociedad de Artistas Independientes: ser artista y pagar la cantidad de seis dólares. Ambas condiciones fueron satisfechas por R. Mutt, quien de esta manera expondría en la muestra que abrió al público el mes de abril del pasado año en la ciudad de Nueva York. Sin embargo, la propuesta de R. Mutt, pseudónimo del sobradamente conocido dadaísta Marcel Duchamp, no duró mucho en la sala antes de que lo relegaran discretamente a un lugar escondido detrás de un tabique. ¿El motivo? “La pieza no es arte, sino una indecencia”, además de la alegación de que no pertenece a la producción del artista.

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El escándalo proviene del hecho de que Fuente (así es como se titula la obra) no es sino un simple urinario masculino girado noventa grados, colocado sobre un pedestal y adquirido en una tienda de fontanería. Sin embargo, lo que más ha sorprendido de la decisión del comité director de la Sociedad de Artistas Independientes es que, a pesar de jactarse de promulgar el arte “sin jueces y sin premios”, se han atrevido a sentenciar tan duramente un simple objeto, llegando a censurarlo. ¿Qué es lo que tanto ha asustado a un grupo, presumiblemente democrático en sus bases, como para traicionar su discurso? No podemos olvidar que esta asociación toma su nombre de la homónima francesa fundada en 1884 y creada con el fin de apoyar a los artistas repudiados por la Academia. Por si fuera poco, el señor Duchamp, director y miembro fundador de la escisión americana, ha presentado su dimisión ante tal vulneración de los principios. No hubiera cabido otra alternativa decente a la situación.

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Tristan Tzara dijo recientemente en el Primer Manifiesto Dadá que “el autor, el artista alabado por los periódicos, comprueba la comprensibilidad de su obra: miserable forro de un abrigo destinado a la utilidad pública; andrajos que cubren la brutalidad, meados que colaboran al calor de un animal que incuba sus bajos instintos, fofa a insípida carne que se multiplica con la ayuda de los microbios tipográficos”. No parece muy serio que la libertad de expresión, la del arte, se vea coartada por personajes que dicen ser tolerantes, y se asemejan más a la Inquisición española en sus mejores tiempos. Únicamente por querer interpretar una obra sin éxito, precisamente porque ésta no requiere de comprensión.

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Pero, ¿por qué tanto revuelo? Hace ya cuatro años, en 1913, el mismo Duchamp colocó una rueda de bicicleta encima de un taburete. No debería sorprendernos, y mucho menos escandalizarnos, el gesto de este dadaísta, como él mismo explica en la publicación de The Blind Man, de elegir un objeto ya hecho y conferirle un nuevo sentido artístico.

Hubo quien dijo que Fuente recordaba a un pequeño Buda, incluso a una Madona. Louise Norton defendió en el artículo, notablemente expresivo, “Buddha of the Bathroom” la obra y a su autor evidenciando lo absurdo de retirar la obra por los motivos esgrimidos.

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Lo único verdadero en este asunto es la necesidad de entender que no se puede luchar como la institución contra la institución. Al final, la historia siempre la han escrito los vencedores, pero también se han recordado los mártires. Precisamente están consiguiendo convertir Fuente en un símbolo del avance de la filosofía del arte, se están desacreditando a sí mismos y demostrando que son prescindibles y, más aún, un obstáculo para la evolución cultural.

 

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2 thoughts on “Los urinarios indecentes Deja un comentario

  1. Creo que ha habido un pequeño error. El motivo de retirarlo —sin contar con la breve, pero sabrosa, anécdota de que el técnico de mantenimiento Luigi O’Hara Sánchez lo hubiese extraviado unos momentos hasta que se descubrió que lo único que quería era instalarlo junto a los otros— de la exposición fue una cuestión de seguridad o, mejor, de higiene: al estar instalado en la posición en la que se ve en la fotografía, ocurría que al ponerlo en marcha salpicaba de manera bastante desagradable a los visitantes. La gente exagera mucho para darse pisto.
    El director de la exposición.

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