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Cuando la policía te aconseja que no denuncies a tu maltratador

Esta mañana me he levantado y, como cada día, he mirado Twitter para ver cuál era el tema candente de hoy. Uno de los trending topic era Leticia Dolera, que se define en su biografía de la red social como “actriz, directora y feminista”. Su nombre estaba en la palestra debido a un artículo (“El escándalo machista vestido de normalidad“) que ha escrito en eldiario.es, medio en el que ya había participado alguna vez, exponiendo la temática del machismo en el cine. Parece que este año se están sacando muchos “escándalos” de ese tipo, sobre todo desde la noticia de la violación de María Schneider por parte de Marlon Brando, y ella intenta hacernos ver que esto que nosotros llamamos “escándalo” es algo tan común como normalizado.

Alguien que también escribe, con mucha más asiduidad que Dolera, en el mismo periódico es la tuitera Barbijaputa, a quien suelo leer bastante a menudo (os recomiendo también sus libros. Me encantó La chica miedosa que fingía ser valiente muy mal). Mirando su perfil he llegado hasta el artículo Campañas machistas contra el machismo. Gobierno de España. Allí he leído un párrafo que me ha traído muchos recuerdos a la mente:

¿Que te sientes responsable del trato que recibes, de los gritos, de las humillaciones, del “estás loca”, del “eso no ha pasado así, te lo estás inventado todo”, del “quién te va a querer si no yo”, del “perdóname, no sé qué me ha pasado, yo no soy así”? ¿Que, al igual que el resto de víctimas, crees que lo tuyo no es exactamente maltrato porque a veces lo provocas, porque tú eres así? Corta a tiem… eh, espera, ¿que crees que lo provocas? ¿que te sientes responsable? Aquí ya no sabemos qué decirte, pero te advertimos de que hay muchas mujeres que acaban poniendo denuncias falsas, y eso es un delito que puede arruinar la vida de tu pareja, así que ojo.

Hoy, os voy a contar una historia. Podría escribir un relato, como suelo hacer para amenizar los temas que considero que debo denunciar, pero no me apetece. Os voy a contar un hecho real, que viví en primera persona y que lleva mucho tiempo taladrándome la mente hasta que he decidido que ya es hora de sacar las verdades. Un caso que podría pasarnos a todas nosotras.

Mercedes (nombre ficticio, obviamente) es una chica, muy amiga mía, a la que su novio maltrató. Sin embargo, no le dejaba los ojos morados, ni le gritaba por la calle, ni tuvo nunca que ir al hospital. En ocasiones, lució marcas de dedos en el cuello y también en las muñecas, pero ella las tapaba con la ropa y nunca llegamos a enterarnos. Tampoco esto ocurría muy a menudo, no era una constante en su vida. Lo único que los demás podríamos haber notado fue su paulatina y discreta evolución de hacia alguien gris, triste y sin chispa.

A Mercedes, su novio, Alberto, le manipulaba. Le gritaba. Le decía que nadie la quería. La apartó de sus amigos convenciéndola de que nadie la soportaba y la gente de su alrededor estaba allí por compromiso. La anulaba. La apartó de su familia contándoles a ellos que Mercedes estaba loca y que él era una víctima. La abandonaba en mitad de la nada y volvía a por ella, pasadas horas, pidiéndole que le agradeciera el gesto. La humillaba. Le decía que no valía nada. Le contradecía y la dejaba por mentirosa delante y detrás de todos. La chantajeaba con su relación y con contar más mentiras. Sin embargo, a Mercedes, solamente le pegó cuatro o cinco veces durante los tres años y medio que tuvieron de relación.

Mercedes no pensaba que fuera una chica maltratada, al revés, estaba segura de que el motivo de todos aquellos comportamientos de Alberto eran culpa suya. Porque él se lo repetía sin cesar: “Mira lo que me obligas a hacer, yo no soy así con nadie, tú sacas esto de mí“. Y era verdad: Alberto no era así con nadie más, así que tenía que ser cierto.

Mercedes, la última vez que su novio le pegó, decidió llamar a la policía en un momento de lucidez. Alberto, riéndose, le había dejado marcadas las piernas, los brazos y la barriga por las patadas mientras ella, agarrada a él, le pedía que parase y le decía que lo quería. Y llamó a la policía porque sabía que si no lo hacía en ese momento volvería a caer una y otra vez en lo mismo, aquello no tendría fin.

Lo primero que le dijo Alberto cuando la vio al teléfono fue: “¿Qué voy a hacer con mi vida, con mi familia, con mi trabajo?” Alberto, que era profesor de música en una escuela y director de una banda, también era totalmente consciente de que, como aquello se supiera, nunca más podría dedicarse a eso. Lo segundo que hizo fue llamar a la madre de Mercedes para contarle lo que estaba haciendo la “loca” de su hija.  Mercedes quería saber cómo se arreglaría a ella misma, ya destrozada.

Alberto no era tonto y esperó allí, pacífica y pacientemente, a que llegaran los agentes. Se lo llevaron en un coche de policía y Mercedes se fue en otro a poner una denuncia a la comisaría.

Mercedes estaba sola. No había nadie con ella; ni física ni psicológicamente. Y lo que encontró en la comisaría fue a una agente que le aconsejó que NO denunciara, que le iba a destrozar la vida al chiquillo, que dejaran de verse, que así se arreglarían las cosas. “¿Qué te crees, que una noche en el calabozo es algo agradable?“, le preguntó. Mercedes le enseñaba una y otra vez los cardenales sanguinolentos como si aquello fuera a cambiar la idea de la policía. No fue así.

Era fin de semana, así que Mercedes se acercó a hacerse un parte médico al hospital, donde desnudaron su cuerpo y sus miserias, y, a la mañana siguiente, se acercó al juzgado y renunció a su derecho a denunciar. ¿Que qué se encontró allí? A una funcionaria que le apremió a firmar rápido los papeles, por lo visto tenían muchísimo trabajo, mientras ella no paraba de llorar.

Mercedes, dos días más tarde y después de haber contado su historia a la única familiar que la apoyó, decidió volver y poner una denuncia. ¿Qué se encontró Mercedes allí? A una jueza que le preguntaba por qué había cambiado de idea dos días más tarde, con una mirada de recelo, y a un abogado defensor que la acribilló a preguntas sobre su depresión, como si un estado depresivo fuese sinónimo de “locura” y prueba suficiente para desacreditarla.

El caso fue desestimado.

Esta es la historia de Mercedes, pero, compañeras, denunciad. Denunciad, os lo dice el Gobierno de España, que está ahí para protegeros. No os va a pasar nada con papá gobierno velando por vosotras. ¿Y la policía? La policía es vuestro refugio. Es realmente sorprendente que haya tantas muertas que sí denunciaran, ¿no? También, por otro lado, es inconcebible que las mujeres maltratadas no denuncien si realmente tienen motivos para hacerlo.

No dejéis que os mientan.

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6 thoughts on “Cuando la policía te aconseja que no denuncies a tu maltratador Deja un comentario

  1. Ese asunto de culpar a la victima ya es algo que viene de la cultura en sí y necesita ser cambiado luego. Que:

    —Pero como se te ocurre ir por ahí…
    —Es que mira como iba vestida…
    —Es que él se metió con ellos….
    —Castigo divino pueh…
    —Estaba buscando que le pegaran…

    Es que hay algo malo en el fondo de nuestras mentes que necesita ser arreglado… ojalá luego.

    Excelente entrada, dando mucho que pensar.

    Le gusta a 1 persona

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