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Felices 75, Principito

Resulta curioso que la entrada más visitada a este blog sea la de Crítica negativa El Principito cuando es una opinión que poco o nada, como explico en la misma entrada, tiene que ver con mi opinión real. Fue un trabajo realizado para el máster en el que, usando un lugar común, teníamos que hacer de “abogados del diablo”. En Buscando a Casiopea, El Principito ha sido un tema repetido, una fuente utilizada casi como consulta, un sitio al que volver.Y es que, casi me resulta molesto que se quede el tema ahí, cuando en otras muchas publicaciones, he tratado al Principito como se merece.

El Principito. La película que Saint-Exupéry querría ver.

Hoy la obra eterna escrita por Antoine de Saint-Exupéry cumple 75 años y resulta triste ver cómo desde su aparición en el mundo éste no ha cambiado nada. Parece irrelevante cuánta verdad puedan poner ante nuestros ojos, que seguiremos mirando hacia otro lado con tal de no abandonar la comodidad de una vida ciega e inercial.

tatuaje el principito

Por eso, y como tenemos la suerte de que, al menos, El Principito exista y no tenga pensamiento de jubilarse todavía, os traigo mis tres pasajes favoritos del libro. Al comerciante del primero, quizá, le convendría buscar a Casiopea también.

XXIII
—¡Buenos días!—dijo el principito.
—¡Buenos días!—respondió el comerciante.
Era un comerciante de píldoras perfeccionadas que quitan la sed. Se toma una por semana y ya no se sienten ganas de beber.
—¿Por qué vendes eso?—preguntó el principito.
—Porque con esto se economiza mucho tiempo. Según el cálculo hecho por los expertos, se ahorran cincuenta y tres minutos por semana.
—¿Y qué se hace con esos cincuenta y tres minutos?
—Lo que cada uno quiere… “
“Si yo dispusiera de cincuenta y tres minutos—pensó el principito— caminaría suavemente hacia una fuente…”
XII
El tercer planeta estaba habitado por un bebedor. Fue una visita muy corta, pues hundió al principito en una gran melancolía.
—¿Qué haces ahí?—preguntó al bebedor que estaba sentado en silencio ante un sinnúmero de botellas vacías y otras tantas botellas llenas.
—¡Bebo!—respondió el bebedor con tono lúgubre.
—¿Por qué bebes?—volvió a preguntar el principito.
—Para olvidar.
—¿Para olvidar qué?—inquirió el principito ya compadecido.
—Para olvidar que siento vergüenza—confesó el bebedor bajando la cabeza.
—¿Vergüenza de qué?—se informó el principito deseoso de ayudarle.
—¡Vergüenza de beber!—concluyó el bebedor, que se encerró nueva y definitivamente en el silencio.
Y el principito, perplejo, se marchó.
“No hay la menor duda de que las personas mayores son muy extrañas”, seguía diciéndose para sí el principito durante su viaje.
II
Viví así, solo, nadie con quien poder hablar verdaderamente, hasta cuando hace seis años tuve una avería en el desierto de Sahara. Algo se había estropeado en el motor. Como no llevaba conmigo ni mecánico ni pasajero alguno, me dispuse a realizar, yo solo, una reparación difícil. Era para mí una cuestión de vida o muerte, pues apenas tenía agua de beber para ocho días. La primera noche me dormí sobre la arena, a unas mil millas de distancia del lugar habitado más próximo. Estaba más aislado que un náufrago en una balsa en medio del océano. Imagínense, pues, mi sorpresa cuando al amanecer me despertó una extraña vocecita que decía:
— ¡Por favor… píntame un cordero!
—¿Eh?
—¡Píntame un cordero!
Miré, pues, aquella aparición con los ojos redondos de admiración. No hay que olvidar que me encontraba a unas mil millas de distancia del lugar habitado más próximo. Y ahora bien, el muchachito no me parecía ni perdido, ni muerto de cansancio, de hambre, de sed o de miedo. No tenía en absoluto la apariencia de un niño perdido en el desierto, a mil millas de distancia del lugar habitado más próximo. Cuando logré, por fin, articular palabra, le dije:
— Pero… ¿qué haces tú por aquí?
Y él respondió entonces, suavemente, como algo muy importante:
—¡Por favor… píntame un cordero!
Cuando el misterio es demasiado impresionante, es imposible desobedecer. Por absurdo que aquello me pareciera, a mil millas de distancia de todo lugar habitado y en peligro de muerte, saqué de mi bolsillo una hoja de papel y una pluma fuente. Recordé que yo había estudiado especialmente geografía, historia, cálculo y gramática y le dije al muchachito (ya un poco malhumorado), que no sabía dibujar.
—¡No importa —me respondió—, píntame un cordero!
Como nunca había dibujado un cordero, rehice para él uno de los dos únicos dibujos que yo era capaz de realizar: el de la serpiente boa cerrada. Y quedé estupefacto cuando oí decir al hombrecito:
— ¡No, no! Yo no quiero un elefante en una serpiente. La serpiente es muy peligrosa y el elefante ocupa mucho sitio. En mi tierra es todo muy pequeño. Necesito un cordero. Píntame un cordero.
Dibujé un cordero. Lo miró atentamente y dijo:
—¡No! Este está ya muy enfermo. Haz otro.
Volví a dibujar.
Mi amigo sonrió dulcemente, con indulgencia.
—¿Ves? Esto no es un cordero, es un carnero. Tiene Cuernos…
Rehice nuevamente mi dibujo: fue rechazado igual que los anteriores.
—Este es demasiado viejo. Quiero un cordero que viva mucho tiempo.
Falto ya de paciencia y deseoso de comenzar a desmontar el motor, garrapateé rápidamente este dibujo, se lo enseñé, y le agregué:
—Esta es la caja. El cordero que quieres está adentro.
Con gran sorpresa mía el rostro de mi joven juez se iluminó:
—¡Así es como yo lo quería! ¿Crees que sea necesario mucha hierba para este cordero?
—¿Por qué?
—Porque en mi tierra es todo tan pequeño…
Se inclinó hacia el dibujo y exclamó:
—¡Bueno, no tan pequeño…! Está dormido…
Y así fue como conocí al principito.
¿Cuál es vuestro pasaje favorito? ¿Por qué?
Todos2
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