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De cómo las redes sociales me dieron una segunda oportunidad para re-conocer a gente de mi pasado

Hoy querría hablar de las redes sociales en un tono diferente al que suelo hacerlo, que es, en resumen, bastante beligerante.

Las redes sociales, últimamente, me han hecho mirar hacia mi infancia y, sobre todo, mi adolescencia, con un tinte nuevo, con una sensación que nunca había experimentado hasta hace relativamente poco.

Dejando de lado Twitter, que ha acabado convirtiéndose en un lugar tóxico que utilizo solo cuando quiero informarme de la actualidad, e Instagram, el gran cáncer de la generación millenial, voy a centrarme en Facebook. Sí, Facebook, el servidor de los elementos más oscuros de esta era, que vende nuestra vida e, incluso, nuestros movimientos de ratón a esas grandes empresas que nos sorben los higadillos por la nariz.

Yo tenía 15 años en 2008. En aquel momento lo que se llevaba era Tuenti —algunos nostálgicos usábamos Fotolog o Metroflog, más de raritos—, una joya de la década dosmil que, conforme fue evolucionando, se convirtió en Facebook 2. Entonces, creo yo que, aunque Facebook 1 nos parecía una cosa de viejales —tanto como lo pueda ser hoy LinkedIn— pensamos “para qué vamos a utilizar la copia barata en la que se ha transformado nuestra red social favorita, si podíamos utilizar la verdadera“. (También es verdad que, a lo mejor, habría que meter en esta ecuación la granja de Facebook, que destruyó familias y carreras enteras, pero eso quizá lo hablaremos en otro momento).

Tras muchos dramas familiares (porque, claro, Facebook no era de viejales por casualidad, allí estaban metidos todos nuestros padres, nuestros tíos, nuestros primos del pueblo y hasta alguna abuela), allá por 2011, mi generación, que ya era universitaria, terminó de hacer la mudanza a Facebook.

Facebook nos pilló en la época del camino hacia la juventud adulta, en plena apoteosis reivindicativa e idealista, cuando empezamos a forjar nuestra forma de pensar y a decidir qué clase de personas queríamos ser “de mayores”. Sin embargo, por resaca tuentil, también teníamos agregados a muchos conocidos y amigos de la infancia/adolescencia.

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Aquí pongo un frailecillo porque me parecen muy mono.

Fue justo en ese providencial punto cuando esta red social empezó a mostrarme quiénes de mis amigos eran gente que realmente me apetecía conservar en mi vida y aprender de ellos y quienes no me interesaban para nada. Sin embargo, también estaban aquellas personas en las que no había reparado nunca y, de pronto, se convirtieron en alguien víctima de mi curiosidad y también de mi lástima por no haberme parado a conocerlas de verdad antes.

Y, precisamente, de eso quería hablar en este post. De esas personas (que en mi cabeza tienen nombre y apellidos propios y en la vuestra seguro que también) con las que Facebook ha hecho posible que me reencuentre, que conozca con ganas y tenga interés en tomarme el primero de muchos cafés sin una pantalla de por medio. 

No son gente que haya conocido por Internet, sino con la que he compartido pupitre, colegio, grupo de amigos o un campamento, pero poco más. Y, gracias a la vida, he tenido la posibilidad de seguir en un mínimo contacto con ellos después de que nuestras vidas se hayan alejado tanto en la práctica como era posible. Aún así, en el fondo, parece que hemos llegado al mismo punto.

Y me da pena, muchísima, pensar que en un pasado no me tomé el tiempo de escucharlas y construir lazos. A veces, incluso, llegamos a tener una relación conflictiva por cosas de la vida o de los prejuicios.

Por eso, hoy, me apetecía mucho decirles, a quien se sienta identificado con este mensaje, que me alegro mucho de tener esta segunda oportunidad, que me parecen personas interesantes e indispensables para crecer y que gracias por haberse cruzado en un momento, aunque no fuese el idóneo, en mi vida. Porque si no lo hubiesen hecho, hoy no tendríamos esta segunda oportunidad.

Que me alegro de que estén ahí, y que siento si alguna vez les hice daño.

Y a los que se sientan identificados con esto y tengan otros nombres propios en la cabeza, aprovechad para sacar algo bueno de este sistema que, más veces que menos, nos saca los higadillos por la nariz.

 

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2 respuestas a “De cómo las redes sociales me dieron una segunda oportunidad para re-conocer a gente de mi pasado Deja un comentario

  1. Pues me alegro por ti, pero yo me sigo reconociendo reacio al uso de redes —que aun así utilizo, no creas—. Confío, sin embargo, en no acabar siendo un viejo cascarrabias y que algún día le vea suficientes ventajas como para usarlas de forma asidua y tu entrada de hoy me da esa esperanza.
    Algún día.

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