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Donde se veía amanecer

El Seat 600 rojo, recién salido del concesionario, corría por los caminos perdidos en la nada que iban al cortijo. Carmen, que en otros momentos hubiera chasqueado la lengua desaprobando la cantidad de polvo que entraba por la ventana, sin embargo, pisaba más el acelerador y perjuraba por lo bajo para que no la oyeran sus tres hijos que viajaban apretujados en el asiento trasero. Carmencilla, Lucía y Ángel babeaban en mitad de un sueño profundo y, de cuando en cuando, sus cabezas se balanceaban peligrosamente, aunque siempre acababan recuperando el equilibrio justo antes de darse contra el respaldo de delante.

También, en otra ocasión, Carmen hubiera esbozado una sonrisa al mirar la escena por el espejo retrovisor, aunque en ese momento solo tenía el pensamiento puesto en la conversación telefónica que había mantenido con su padre aquella mañana. El hombre, preocupado y nervioso, le había acertado a decir que Cañero, su caballo, había desaparecido. Según él había dos opciones, aunque cada cual resultaba más absurda: o bien lo habían robado, o el animal se había escapado por su propia voluntad. En realidad, ninguna de las dos era imposible ya que, desde que enfermó, nunca cerraban la puerta de su cuadra. Pero era precisamente su enfermedad, que lo tenía postrado al fondo del pequeño habitáculo, lo que hacía inverosímil cualquiera de las dos posibilidades. ¿Quién iba a querer llevarse un caballo viejo y enfermo? ¿Cómo podía Cañero, que llevaba meses sin levantarse más de una hora al día, tener fuerzas para abandonar su cuadra?

Para Carmen, Cañero lo había sido todo durante su juventud, en la que prácticamente había vivido cada primavera, verano y otoño en el cortijo. A ella le encantaban, sobre todo, las épocas en las que sus padres iban a la ciudad y la dejaban sola allí. Era entonces cuando más disfrutaban el uno del otro ya que su madre no estaba para ponerle límites en la hora de llegada, ni en la de salida. Carmen solía ensillar a Cañero de madrugada, sobre las tres de la mañana, y ambos daban largos paseos que habitualmente finalizaban cuando encontraban algún sitio bonito para ver el amanecer. Solo entonces regresaban a casa y ella pasaba durmiendo el resto del día.

Cuando por fin el coche cruzó la entrada al cortijo, a Carmen se le encogió el corazón de pensar que era la primera vez que el caballo no estaría allí al llegar ella. Cada extensión del terreno le recordaba a él. Justo en frente, a lo lejos, veía el monte de tierra de labranza, oscura y surcada, que ahora estaba repleto de cultivos, pero que en algún momento hacía al menos 20 años, le había servido para domar al animal, calmar su brío y conseguir que fuese dócil y manejable. Un caballo de pura sangre como Cañero no era nada fácil de someter. Había que cansar su infinita energía.

Recordó a su padre mirando la escena y pidiéndole que, por favor, lo dejara, que la iba a tirar y que se haría daño. Pero Carmen no era una persona fácil de convencer, ni escueta en su terquedad y menos a sus 15 años. También recordó cómo horas después de haber estado llevando al caballo monte arriba y monte abajo, en perpendicular a los surcos de cultivo, su padre seguía allí, con orgullo en su expresión, Cañero, agotado, respondía dócil a sus indicaciones y ella misma, sudorosa y extenuada, no podía reprimir una sonrisa de triunfo.

Cuando Carmen aparcó el coche sin ningún miramiento en mitad de la explanada que daba a la entrada de la casa, sus padres ya estaban allí esperándoles. Los niños, somnolientos, bajaron del automóvil y su abuela los tentó con un Cola Cao fresquito preparado en la cocina al que no supieron negarse.

—Has venido muy rápido, niña —le dijo su padre a Carmen saludándola con un abrazo—. Ya sabes que no me gusta que corras.

—Ay, papá, de verdad, déjame. Sólo quería llegar. ¿Dónde está Pedro?

—Te está esperando en el guadarnés. Vamos, te acompaño.

Pedro era el encargado del cortijo, la persona que mejor conocía cada hectárea de terreno. Al saludarlo, Carmen notó la vergüenza que vestía el hombre, rudo y callado, sintiéndose responsable de aquella desaparición. No quedaba mucho tiempo para que el sol se pusiera, por lo que debían actuar rápido si querían ser productivos en la búsqueda antes de que cayera la noche. Ellos tres y cinco hombres más se separaron en parejas para peinar la sierra en coche.

Casi una hora después, Carmen y su padre seguían en silencio, oteando minuciosamente el paisaje. De cuando en cuando, ella indicaba una dirección, como si la guiara una corazonada, aunque sabía perfectamente a dónde los llevaba.

El camino se hacía cada vez más pedregoso y difícil y, aunque se suponía que aquel coche estaba preparado para casi cualquier tipo de terreno, notaba a su padre inquieto.

—¿Seguro que quieres ir por ahí? —Para el coche. Seguimos andando —propuso ella.

El sol ya estaba muy bajo y el calor había aflojado. La joven y su padre comenzaron a caminar por un sendero estrecho. No llevaban ni media hora andando cuando Carmen comenzó a correr.

—Está aquí, está aquí, estoy segura, papá.

El hombre la siguió y, de pronto, lo vieron. Al pie de un peñasco, tumbado en el suelo, yacía el caballo, ya sin vida.

Carmen se echó encima del animal, llorando desconsoladamente. Su caballo había ido a morir allí donde ella lo dejaba, aquellas madrugadas de verano, para subir a la cima de la peña y ver el amanecer. Tanto la había echado de menos, tanto como ella a él. Y sin embargo había muerto solo, buscándola, intentando encontrar aquellos momentos que habían compartido, cuando ambos eran jóvenes y todavía podían comerse el mundo.

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