Saltar al contenido

Coliflor

Hay veces que lo veo de pronto y me golpea en el esternón, me presiona y me marea.
Otras veces es una sensación de cosquilleo en el estómago o un determinado olor en el ambiente que me parece familiar.

Igual que cuando vuelves a algún lugar que hace tiempo frecuentabas y, al entrar, te golpea en la cara una temperatura y un perfume característicos, a los que antes estabas acostumbrado, pero ahora se descubren claramente ante ti y eres capaz de identificar.

Así lo siento cuando veo que se crean problemas donde no los hay, cuando parece que los papeles están cambiados y quien debiera ser “verdugo” se comporta como “víctima”, cuando de una relación sana espero algo determinado y no se me da, siempre con la consecuente excusa perfectamente planeada, estudiada, que… ¿encaja?

Sí, encaja exactamente igual que unos zapatos que no son de mi talla.

No sé por qué. Hay cosas que no soy capaz de entender y me preocupa que únicamente sea cerrazón y estos árboles no me dejen ver un bosque verde, cálido y fértil.

Me preocupa que ese sentimiento de alerta, era sirena de ambulancia que lo tiñe todo de pronto en un naranja emergente, se esté acallando por mi voluntad de hacer que todo sea diferente, por la certeza de que no va a volver a ocurrir, únicamente, por la esperanza.

Me preocupa que esa alerta se acabe desconectando y no vuelva a sonar nunca más porque se piense inútil, crea que le estoy ignorando, cuando tanto tiempo me ha costado construirla, cuando tantas veces me ha servido y tan orgullosa estaba de ella.

E intento superar esos momentos, de verdad. Pero cada vez me es más difícil porque se va acumulando tanto en tan poco que, en más ocasiones de las que debiera, pienso: ¿merece la pena? ¿Merece la pena cualquier cosa ante un atisbo de volver a caer?

Hay pruebas de que me equivoco, de que todo es paranoia, de que todo esto es seguro, de que estoy a salvo y, sobre todo, de que no peligra mi mente, que para ello están las alertas, esas a las que decido no hacer caso para poder seguir adelante. Me aferro a esas evidencias como un niño a su piruleta de colores grande y dulce. Respiro profundo, cierro los ojos, me repito que todo va a ir bien y observo esa piruleta. La miro y sonrío y de pronto me asalta la duda. ¿Si le doy un mordisco, estará podrida por dentro?

¿Por qué no puede ser todo más fácil? ¿Por qué no puedo tener una existencia tranquila, feliz, hacer frente al pasado y construir un futuro calmo? ¿Por qué siento que este presente y el futuro que viene serán el mal pasado de una situación posterior? ¿Por qué quiero huir, escapar? ¿Por qué me tranquiliza la soledad? ¿Por qué me siento en perenne peligro?

No quiero discusiones, no quiero malos entendidos por prejuicios negativos, no quiero suspicacias ni problemas sobredimensionados.

Quiero paz, tranquilidad de mente y espíritu, facilidad, liviandad, alegría y color.

Quiero todo eso y cualquier cosa que, como poco, no se acerque… no merece la pena.

La única persona que siempre me ha sido leal soy yo misma. Yo misma, también, soy la que ha creado esas alertas. Están puestas ahí por mí. Quizá es el momento de empezar a tenerlas en cuenta.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: