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Ganarse el salario

—Manolo, aparta de ahí, por favor. Es que no se puede ser más cerdo, de verdad.

El hombre, apoyado en la pared, miraba a través de un pequeño hueco que quedaba entre el cristal y la pesada contraventana de madera entornada. Cuando Lola la empujó para cerrarla, casi le pilla la nariz a su marido.

—¿No has oído a Javier en la reunión? No vamos a mirar la calle —dijo haciendo hincapié en cada una de las sílabas.

Dos horas antes, en la reunión de la cofradía de carpinteros, Javier contó que el conde León había aceptado rebajar los impuestos que les ahogaban a ellos y a todos los demás trabajadores desde hacía décadas. Todo gracias a Genoveva, la condesa, quien llevaba años peleando con él para conseguirlo. La mujer era famosa entre los vasallos por su cercanía y piedad, sobre todo con los niños y los hambrientos. Pero, para entonces, hambre pasaban todos. Así que, finalmente, el conde solo había puesto una condición: se comprometía a bajar la presión fiscal siempre que su mujer accediera a pasearse por la ciudad con el único vestido que le proporcionaba su propia cabellera pelirroja. Y ella había cedido al chantaje ante el estupor de su marido, que ya no pudo retractarse del farol.

Javier también había contado que los hermanos mayores de todas las cofradías llegaron al acuerdo de dejar las calles vacías y cerrar las ventanas para facilitar la sonrojante misión de la condesa. Qué menos, después de que ella hubiera dado el sí a una cláusula como aquella.

Y ahí estaba Manolo, esperando a que Genoveva pasara por su calle para deleitarse de una imagen que, con toda la seguridad, no tendría ocasión de volver a ver en su vida.

—Quítate de una vez, mujer. Vete a tus cosas.

Lola lo miró con asco y escupió al suelo en un gesto de claro desprecio antes de ir a la cocina a seguir con el guiso de una cebolla, un hueso roído y agua que cenarían aquella noche.

Al final de la calle ya se escuchaban los cascos del caballo de la condesa contra los adoquines, a paso lento, rebotando contra las paredes, puertas y ventanas de las casas cerradas. Manolo comenzó a ponerse nervioso del gusto, pegando la mejilla con fuerza contra el cristal en un intento de tener un poco más de perspectiva para ver llegar a la mujer desnuda encima de un animal blanco.

Genoveva montaba a horcajadas, como un hombre, tapada con su largo pelo rojizo y encogida sobre sí misma como si quisiera hacerse pequeña hasta desaparecer. Era una visión extraña aquella de ver a un caballo con más atuendo que su jinete. El tiempo pareció detenerse cuando, al pasar por delante de la casa de Manolo y Lola, Genoveva cruzó una mirada con el hombre, sin que ninguna expresión se dibujase en su gesto. Después de un instante, continuó su marcha solo dejando el eco del caminar de su caballo tras de sí mientras se erguía sobre la montura.

Unos minutos más tardes, Lola volvió de la cocina al notar cómo la vida de las casas aledañas recuperaba la actividad y extrañada de que su marido no hubiera ido a molestarla todavía.

—¿Qué? ¿Ya te has quedado a gusto?

Manolo no contestó, tampoco se movió. Cuando Lola se acercó a zarandearle para espabilarlo, el cuerpo del hombre se deshizo entre sus manos convertido en un polvo blanco.

Al menos, pensó Lola, aquella noche el guiso no se quedaría soso. 

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