Puntos suspensivos


Carola conduce un camino que podría hacer solo con ayuda de su memoria muscular. Cada día, coge el coche durante una hora para ir a buscar a Roberto que sale de la academia de cine donde estudia para ser guionista. Media hora de ida y media de vuelta. Como viene haciendo desde hace un tiempo, bascula entre dos pensamientos: la rutina me ha convertido en una profeta de los semáforos y estoy harta. Más que harta, reflexiona, hastiada. Viene a ser un sinónimo, aunque mucho más desganado. 

Cuando tiene que hacer algo por Roberto le pesa la vida, el cuerpo y los párpados. Nunca ha sido de echarse siestas y, ahora cada día, dadas las cuatro de la tarde, mataría a Roberto por veinte minutos de sueño. O quizá mataría a Roberto solo por matarlo. A ver, es un decir, claro está. 

Roberto espera bajo un sol madrileño de julio al lado de la parada del tren ligero que hay en la puerta de la escuela de cine. Sus compañeros siempre cogen el de las cuatro y veinte y él se queda esperando a Carola. Si no fuera por ella, tardaría casi dos horas en volver a casa. Mientras ella llega, él aprovecha para hacer algún boceto: hoy toca versionar el storyboard de Alien. Hay que estar muy loco para hacer algo más loco que el loco de Giger, piensa. En un minuto llegará esa mujer con el pequeño Lucas, siempre puntual. La chica es la cuidadora y Roberto no recuerda su nombre, pero Lucas, con su pelo rubillo, le tiene robado el corazón y el niño parece entusiasmado con las pedorretas que Roberto le hace mientras llega el tren de las cinco menos cuarto. Cada vez que juega con Lucas piensa en lo que le molaría ser padre con Carola. Mierda, molaría no. Gustaría, encantaría, sería chachi piruli. Te estás yendo otra vez. Molar, dice Carola, es una palabra que usan los niñatos de veinte años, Roberto. Tú ya tienes casi cuarenta. Crece un poco, coño. 

Detesta tener que ir en segunda para sortear los resaltos de ese barrio. Detesta tener que recoger a Roberto como si fuese un adolescente. Detesta que su novio, con el que ya lleva más de una década de relación, no tenga aspiraciones laborales y, sin embargo, le saque cada seis meses el tema de tener un hijo. Pero, vamos a ver, Roberto: ¿Tú te crees que un inútil como tú puede tener un niño? ¿Sabes lo que significa eso a niveles económicos, a niveles de tiempo libre, de vida? ¿O que tus padres todavía te financien tus gilipolleces te ha dejado atontado para siempre? Carola no quiere tener hijos, pero aún mucho menos con él. Esas cosas no puede decírselas, claro, porque se le echa a llorar y luego le da pena. A ver, que un poco de corazón tiene, no es una psicópata; pero en la práctica ya es madre de Roberto, no sabe si está preparada para tener dos hijos. Y a uno de ellos tiene que ir a recogerlo al cole. 

Lucas se parte de risa y Roberto no puede evitar responderle de la misma forma. El niño se ríe, sobre todo con los ojos, y Roberto se sorprende pensando que esa cosa que hace le recuerda a Laura, una compi de clase. Alguna vez la chica se ha quedado con él hasta que Carola llegara para recogerlo y desde el principio hizo migas con Lucas. Para Roberto fue como si el niño le recomendara a una persona. La verdad, es muy simpática, le molaría poder quedarse con ella cuando el grupo de clase organiza las cervecitas después del curso. Carola ya le ha dejado claro alguna vez qué piensa sobre ese plan con un par de miradas, no parece algo a negociar. ¿Cómo cambiaría su vida si no cediera tanto?

Venga, un ceda el paso inútil, un giro a la derecha y ahí ve a Roberto, haciendo dibujitos en su bloc. En cuanto se suba al coche le va a decir lo que piensa y lo va a echar de su casa, esa que paga ella con las sesenta horas a la semana que pasa trabajando. 

El coche para bruscamente sobre la acera. Roberto acciona un par de veces el tirador y Carola abre el pestillo desde su lado con un resoplido. Todo le molesta. Ahora no está hastiada, está harta. Roberto se sube al coche y le enseña el dibujo de la escena en la que Sigourney Weawer descubre que el alien está en el módulo de escape una vez ha abandonado la Nostromo. Ella está demasiado enfadada para decirle que su boceto es realmente bueno. Ahora, por lo visto, tocan los extraterrestres babosos. Roberto decide hacer caso omiso de la mirada repleta de asco que le ha dedicado Carola a su trabajo y pone la radio. Vuelven a casa en un silencio tan tenso que ni SloMo sonando lo puede distender. 

En el momento en que Carola abre la boca para soltar su furibundo discurso, empieza a sonar Lucha de gigantes, la canción que puso banda sonora a su primer beso. No le cuesta viajar allí y recordar cuánto le gustaba el olor de la colonia de ese chico que apenas conocía, lo mucho que se rio y lo bien que se sentía con la libertad que le… 

Joder, casi atropella a dos ancianos.

Empieza a reírse. Dos por uno son más puntos, ¿no? Pregunta a Roberto. Podrías redondear la hazaña con un niño de cinco años que corra detrás de una pelota, contesta él entre carcajadas. A pesar del susto está bastante más tranquila, se ha ensimismado tanto que ni la memoria muscular le ha recordado que ahí había un paso de cebra. Roberto intenta no moverse cuando Carola le pone una mano en el muslo, hacía meses que no recibía un gesto así y teme que respirar le haga cambiar de idea. 

Te quiero, le dice él. Yo también a ti, contesta ella. ¿Cenamos pizza esta noche? Venga, y si quieres ponemos Alien, por si te da ideas para tu trabajo. 

Carola calcula que tiene más o menos una semana antes de volver a desear la muerte de Roberto. 

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