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Las posibles decisiones de Raquel

(lee la 1ª parte)

Raquel tampoco pudo prever en ese momento que la puerta trasera se abriría, cuatro manos la inmovilizarían y, mientras intentaba zafarse en una calle vacía, la introducirían en aquel coche que arrancó sin que ella pudiera hacer nada por evitarlo.

En un instante, todo en aquella avenida volvió a quedar silencioso y sosegado.

Y esto ocurrió a, exactamente, tres minutos caminando desde su casa.


—O te callas o te rajo, cerda.

Algo punzante se clavaba en la nuca de Raquel. La habían tumbado boca abajo a lo largo de los asientos traseros por encima de los muslos de aquellos dos que la habían introducido a la fuerza en el coche. El volumen de la música rozaba la locura y las ventanas se habían cerrado para que sus gritos no se escucharan desde el exterior. Estaba totalmente inmovilizada y poco o nada podía hacer por liberarse.

—Cállala— ordenó el conductor—. Si la oyen vamos a tener problemas. Toma —propuso extendiendo la mano hacia atrás—, dale esto, a ver si se queda más tranquila y deja de dar por culo.

Raquel estaba asustada. Pero no de la forma en la que podría intentar pensar cómo escapar de allí, sino, más bien, en un sentido derrotista. Comenzaba a embargarle la serenidad triste de quien comienza a asumir una situación. No comprendía por qué aquellos chicos parecían no escucharla cuando les pedía, por favor, que parasen, y les decía que le estaban haciendo daño, que sólo quería llegar a casa y descansar, que no diría nada a nadie. Fue entonces, habiendo cambiado los gritos por llanto, cuando le estamparon en la cara un polvo blanquecino.

A partir de ese momento, todo fue mucho más confuso. Raquel habría descrito más tarde, si hubiera recordado algo, una sensación de “hipnosis”, un estado de entrega total y dolor, mucho dolor. Quería pelear, pegar patadas y morder carne, pero, por alguna razón, no lo hizo.

Horas después, cuando comenzaba a amanecer, Raquel despertó tirada en mitad de un parque con la ropa hecha jirones. Y sucia. Por dentro y por fuera.

Sin embargo, esta historia nunca ocurrió. O, al menos, si lo hizo, fue dentro de la cabeza de Raquel. Sus decisiones, en realidad, tuvieron más que ver con alguien domesticado, alienado.

—¡Serás puta! ¡Anda zorra, que con lo gorda que estás ya podrías agradecerme que te dirija la palabra! ¿Sabes? Demasiado fea para ser tan borde — Añadió el copiloto con desprecio. Y risas que a la chica le parecieron de hienas.

Sin embargo, como no había nada excesivamente extraño, Raquel continuó andando ante los vítores y humillaciones de aquel grupo de niñatos a los que había regalado un triunfo. La descarga de adrenalina y odio no fue tal, sino vergüenza y ganas de salir de allí, llegar a casa, descansar y continuar con una rutina en la que esas situaciones estaban contempladas. Pero Raquel ya no sonreía.

Solo pensaba que, la próxima vez, tendría más cuidado de noche en calles como aquella. Humillada mejor que violada, le dijo su amiga cuando le contó, al día siguiente, lo ocurrido. Obviamente, tenía razón.

 

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