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Los padres que odiaban a sus hijos

Cualquiera que me haya seguido un poco, a lo largo de la historia del blog, si ha prestado un mínimo de atención, se habrá dado cuenta de que una de mis obsesiones son las relaciones padres-hijos. 

Por otro lado, también creo que, con mayor o menos éxito o cobardía, he intentado tratar aquellos temas que la sociedad considera tabúes y que, mientras no dejen de serlo, no creo que tengan solución posible. 

Por eso, hoy quiero hablar del tabú que supone la realidad de que no todos los padres quieren a sus hijos o, incluso, de que existen padres que odian a sus hijos, los utilizan y los machacan para su propio beneficio o egolatría.

Y para ello no me voy a esconder detrás de un personaje, ni voy a generalizar construyendo una historia novelada para tratar el asunto. Porque creo que debe haber mucha gente que se sienta profundamente incomprendida por este problema. Nadie nunca te dice que tus padres pueden no quererte. Ningún niño está preparado para vivir en una sociedad en la que se beatifica a los progenitores por el mero hecho de serlo, mientras en su casa lo único que encuentra es un continuo desprecio y maltrato. No sé si existen asociaciones que ayuden a la gente con estos asuntos, pero yo no las conozco. 

Por eso hoy, y también como exorcismo personal, traigo la última carta que le escribí a mi padre. Para que aquellas personas que necesiten comprensión puedan sentirse menos solas en un mundo que les repite que su situación no puede ser real, que por naturaleza sus padres les quieren. Aunque ellas no lo sientan así. Para aquellos niños que lo viven ahora y, sobre todo, para aquellos adultos que arrastran ese trauma para el resto de su vida, de sus relaciones y de su construcción del amor.

Porque no estamos solos y porque, aunque parezca una tarea descomunal, podemos superarlo y tenemos derecho a expresarlo.

Porque, por desgracia, para la gente mala también es legal tener hijos y, sin embargo, nadie se preocupa por qué clase de padres se merecen esos niños. 

 

Buenos días, buenas tardes o buenas noches.

En realidad, no sé cuándo vas a leer esto, ni siquiera sé si alguna vez le dedicarás un momento a atender algo de lo que tenga que decirte.

Aquí, ahora, en mi presente son las 4:23h de la mañana. Me he tenido que levantar de la cama porque, de pronto, he sentido una necesidad irrefrenable de decirte muchas cosas y, normalmente, soltarlas me reconcilia con ellas y me deja seguir durmiendo.

Te escribo porque me he dado cuenta de que estoy muy enfadada. La realidad es que no me había percatado hasta que mi psicóloga me ha dicho que esa tensión en la mandíbula, que es más frecuente que rara en los últimos cinco años, viene de la rabia. Y ya sabes, y si no lo sabes te lo cuento, soy muy dada a somatizar.

Estoy muy enfadada por varias razones y la mayoría tienen que ver contigo. Así, que si quiero que se me quite esta felpa de dolor que me acosa en la cabeza, creo que va a ser muy sano expresarlas.

Estoy muy enfadada porque, por primera vez en toda mi vida, ahora que no estoy involucrada en conflictos presentes, tengo tiempo para ir a terapia y ahondar en mis verdaderos problemas. Lo cual me está costando una pasta: 180€ al mes para ser más exactos. Y no es que Bárbara sea una psicóloga cara, de hecho, no lo es en absoluto. El problema es que, si quiero arreglar todo lo que me ocurre, necesito ir una vez a la semana. Algo que nunca he podido hacer porque nunca nadie se ha tomado en serio eso del cuidado emocional de mi persona; tampoco tú.

Ahora que he parado de hacer “aquello que se supone que debo hacer”, he perdido toda la inercia, todo el sentido y me he hundido. Así que aquí estoy: sin ningún problema real y con una caja de antidepresivos en la mesilla de noche. Esos mismos que me tomé cuando tuve el intento de suicidio del que nunca te preocupaste. Lo único que acertaste a hacer fue llamarme por teléfono cuando me desperté en el hospital y recomendarme a una psiquiatra colega tuya.

No voy a discutir si aquello fue un intento de suicidio real o una simple llamada de atención, porque creo que mejor que yo no lo sabe nadie, aunque todo el mundo se crea con derecho a opinar o, incluso, a tener una certeza de en lo que consistió. El hecho objetivo es que nunca nadie me preguntó. Tú tampoco. Y te voy a decir algo que tú como médico deberías saber mejor que nadie: aunque hubiese sido una simple llamada de atención, ¿no sería suficiente señal de alarma como para tomarse mi salud mental como algo de lo que preocuparse? ¿Fuera un ejercicio suicida real o uno de egoísmo? Ocurrió el día que cumplí 19 años. Hoy soy una chica joven, lo suficientemente adulta como para gestionar yo sola mis problemas. Entonces no lo era. Tampoco hasta entonces nadie me había mirado las muñecas ni se había dado cuenta de que llevaba meses cortándome.

Estoy enfadada porque llevo desde que nací expuesta a un ambiente de nulo cuidado emocional, de verdad, estoy muy enfadada. Ahora trabajo en un ambiente en el que las personas se cuidan. Mi jefa me da un beso en la cabeza cuando llega al despacho, me pregunta como estoy (con sincera curiosidad) y, los viernes, me da un abrazo largo y sentido de despedida. Y no puedo evitar sentirme abrumada por tanto cariño porque, la realidad, es que nunca lo he recibido. No recuerdo nunca haber tenido más que migajas muy bien espaciadas de orgullo o ternura por tu parte. Migajas de las que yo bebía como si fuera maná caído del cielo, sin saber cuándo volvería a llover. Podían pasar meses o años. Entre medias, tu actitud hacia mí siempre fue la de un ser perennemente evaluador, subido en una cátedra de conocimiento total que se creía con derecho a juzgarme.

Tú. Que me veías de higos a brevas. De meses en meses. Cuando te venía bien ir a por mí, o cuando tus vacaciones se te antojaban solitarias y entonces te parecía una buena idea pasear a tu hija por el mundo.

Y lo digo, porque sabes muy bien (y por ello ya me has pedido perdón sin un mísero gesto que acompañase esas vacías palabras) que elegiste Valencia, en lugar de Málaga o cualquier ciudad más cercana, para hacer tu residencia. A 600 km de tu hija. Todo porque, por lo visto, la salud de los padres de tu novia era más importante que poder recoger a tu hija de 7 años al colegio todos los días y, así, construir una relación con ella.

Nadie te pidió que me dieras tu apellido cuando tenía dos años, pero ya que lo hiciste, podrías haber sido consecuente con tu decisión.

Estoy muy enfadada porque, cuando iba a tu casa, me vestías de chico cuando sabías que yo lo odiaba profundamente. Luego, con la edad, pensé que quizá lo que te pasaba era que en realidad hubieses preferido tener un niño y no una niña, y por eso también en Navidad me regalabas Scalextric y juegos para la Play de carreras, que acababan siendo siempre para ti. De verdad, pensaba que con mi hermano serías diferente, porque en mi cabeza la única razón de todo aquello era una misteriosa misoginia. Sin embargo, con mi hermano no lo estás haciendo mejor. De modo que, aunque hoy esté profundamente convencida de que eres un misógino irredento, ni siquiera el sexo de mi hermano le está salvando de ser tu hijo.

También estoy muy enfadada por tu comportamiento con mi hermano. Y no solo enfadada, sino preocupada, triste y con una impotencia que dudo se me vaya a ir nunca del corazón. Es horrible, de verdad, ver cómo la historia se está repitiendo con mi hermano y no poder pararlo, no poderle sacar de tu radio de acción, no poder salvarle de un futuro lleno de dolor y de incomprensión.

Pero no te preocupes, cuando me compre una casa sé que tendré que ponerle una habitación, para cuando él quiera respuestas y necesite cariño, alguien que le entienda; alguien que le explique que los padres no siempre quieren a sus hijos y que el amor puede estar en otros lugares. Necesitará a alguien que le haga olvidar cuando te pones a los pies de su cama por la noche para hacerle chantaje emocional; pidiéndole que responda preguntas imposibles sobre su vínculo con su propia madre, que para él es sagrado y tú no haces más que intentar abatirlo. Exactamente igual que hacías conmigo.

Necesitará a alguien que le ayude a reconstruir su autoestima, convenciéndole de que no es un mentiroso patológico, que no está loco ni sus recuerdos son erróneos. No serán erróneos mientras no los hayas creado tú. Necesitará alguien que le diga que no vale lo que sabe, o lo que consigue, sino lo que es. Y que puede elegir sus propias aficiones sin que tenga que repetir las tuyas, porque entonces no es válido. Necesitará a alguien que lo abrace, que le diga que todo está bien y lo consuele. Que lo arrope y lo entienda. Que lo quiera y se haga cargo del sufrimiento tan intenso que supone no sentirte querido por tus propios padres.

 

Y yo le daré ese abrazo. El mismo que le di hace un tiempo cuando, con solo 10 añitos, se me echó al cuello a llorar y a preguntarme cómo conseguí hacerlo yo contigo. Te juro que es uno de los momentos más terribles que he vivido. Tantísimo tiempo preparándome para aquello y, justo cuando ocurrió, ni supe qué decir ni cómo actuar. En el fondo, no estaba preparada para abrazarme a mí misma y decirme que contigo las cosas nunca se pueden hacer bien, porque ya encontrarás cualquier motivo peregrino para machacarme. Ahí estaba yo, abrazando a mi hermano que era yo misma, enfrentándome al pasado y al presente a la vez, sin poder hacer nada por parar una rueda que tú has construido para nosotros.

De todos modos, como te digo, pueda o no pueda intervenir ahora, te juro por mi vida que estaré más preparada la próxima vez que él me necesite. Porque sé que me necesitará. Y eso es otra de las cosas que tengo que tratar con Bárbara: las ansias de no hacer ninguna locura para poder salvar a ese niño inocente de ti.

Y no te preocupes, que sé que le haces chantaje con mi persona. “Como sigas así, vas a acabar como Rocío conmigo, y hace años que no nos vemos ¿Quieres eso?” Me ha dicho él que le dices. Y que le tienes prohibidísimo tener contacto con su propia hermana. Me estás manteniendo alejada de él porque sabes que, si el precio a pagar es su salud mental, yo no seré quien te de el más mínimo motivo para hacerle daño. Es ruin, perverso y maquiavélico. Todo para evitar que Iñigo se acerque a la única persona que puede entenderle. Todo para evitar que Iñigo se acerque a la única persona que sabe la realidad sobre ti.

Estoy enfadada porque llevo 27 años convencida de ser una mentirosa, una histérica, una violenta y una conflictiva. Y, hoy, que me muevo en un entorno nuevo, totalmente fuera de mi pasado, me he dado cuenta de que la gente me valora por lo que soy, que hago bien mi trabajo, que se ríen conmigo y les gusta mi compañía. Llevo 27 años pensando que era alguien desagradable de tratar, difícil, llena de recovecos oscuros y pocas habilidades sociales. Y, sin embargo, todo aquello no resulta más que la imagen que otros habéis querido volcar en mí. Entre ellos tú. ¿Cómo no iba a ser una niña difícil si lo único que parecía darme la atención de mis mayores eran mis líos, y no mis éxitos? ¿Cómo no iba a ser alguien conflictivo, si las únicas veces que me has hablado de verdad ha sido para expresar cristalinamente tu desprecio hacia mi persona, mi familia, mi entorno y todo lo que yo no podía elegir que formase parte de mí? ¿Cómo no iba a ser violenta, si no había forma de que tú no dejases de decir que yo mentía constantemente, aunque estuviésemos hablando del color del cielo y yo dijese que era azul? Y no es que justifique la violencia, pero cuando se tienen 15 años, 16, 17, 18 y los que sean (porque un trauma, al final, siempre te lleva a la niñez), es jodido no estallar en algún momento. Sobre todo, si te pasas la vida pidiendo auxilio y nunca, nadie, en ningún lado, tiene tiempo ni ganas de escucharte.

Estoy enfadada porque, gracias a tu habilidad para manipular y destruir, te he buscado en relaciones de pareja. Y no creo que esto tenga nada que ver con un síndrome de Elektra desfasado, sino, más bien, con el hecho de que al final acabas buscando el mismo tipo de amor en la madurez que en la crianza, y mis referentes no han sido nada buenos. Cuando mi ex de turno, (y me ahorro el nombre porque no quiero que sepas más de lo que ni siquiera te interesa) me dejaba tirada en la carretera y, a veces volvía a la hora a buscarme como si me estuviese haciendo un favor que no mereciera, no sentía rabia, sino abandono. Exactamente igual que cuando lo hacías tú. ¿Y sabes lo que pasa cuando lo que sientes es abandono? Una culpabilidad tremenda. Porque, aunque no sepas por qué te lo hacen, lo que nace es tristeza y un dolor profundo de no ser amado por la persona que se supone que te debe amar. Cuando ese mismo ex me tergiversaba la realidad o me decía que mentía y que estaba loca, no era algo ajeno para mí. Ya me lo habías dicho tú miles de veces. No podía no ser verdad. Entonces tuve que empezar a grabar las conversaciones. ¿Y sabes qué? Tampoco era tanta mi locura.

Y esto sí que me cabrea. Porque resulta que ni siquiera estoy a salvo de ti cuando tomo distancias contigo, sino que tengo que tratarme y gastarme 180€ al mes para no seguir buscándote. Y, así, empezar a creerme que merezco a alguien que me quiera de verdad. De una forma transparente, constructiva, emocionalmente sana y, por supuesto, alejada de cualquier forma de maltrato.

Porque resulta irónico, casi poético, que la última persona que conocí como tu pareja saliera de tu casa después de que yo le hiciera las maletas, se las pusiese en la puerta y le hiciese prometerme que nunca más dejaría a alguien tratarla como la tratabas tú. Dime: en qué cabeza cabe que una persona crezca sana después de tener que salvar a alguien del maltrato de su propio padre. Cómo puedo yo tener confianza en los hombres si el único con el que, a priori, debería sentirme segura, me enseña que lo normal es destrozar la vida de los que ponen los sentimientos en sus manos. ¿Cómo lo hago? En realidad, esto es una pregunta retórica, porque ya Bárbara está ahí currándoselo para darme respuestas, no te sientas presionado a contestar.

¿Y sabes lo más curioso de todo? Que puedo ver cómo en Twitter tu perfil está repleto de apoyos al feminismo; que, en tu biografía, lo que aparece es “preocupado por dejar un mundo algo mejor a los que nos tomarán el relevo”. ¿En serio? Perdona, no puedo evitar reírme. Por no llorar, eso es cierto. Y sobre todo porque, después de 5 años sin saber nada de ti, excepto cuando te he visto de lejos y me has dedicado una sonrisa socarrona, lo único que puedo esperar es a mirar las redes sociales para saber si sigues vivo. Ojalá algún día no sienta esa necesidad porque, obviamente, no te la mereces.

Estoy muy enfadada y me encantaría destrozar tu imagen, destrozarte a ti para que entiendas cómo me siento, y sé que está mal. Sé que no puedo dejarme llevar por ello, porque no sería bueno para mí fluir hacia esa rabia. Sé que tendría que tender hacia la indiferencia con alguien que me ha hecho tanto daño a sabiendas y con alevosía. Y no solo a mí, sino a todos los que van a tomarte el relevo.

Y creo que deberías hacerte cargo de todo ello, de verdad. Pienso que, si quieres redimirte de alguna forma deberías tomar conciencia de tu responsabilidad y, si no vas a ayudarme a pagar la terapia que has provocado, al menos, aunque sea por dentro, intentar ser mejor. Y no te lo pido por mí, sino por mi hermano y por esas mujeres que caen rendidas a tus pies para que luego las pisotees. Que la vida es muy corta como para dejar tanto cadáver a tu paso y nunca se sabe cuándo puede haber un apocalipsis zombie. De eso no te salvarías ni tú.

El otro día lloré por primera vez en la consulta de Bárbara y no te creerías a cuento de qué. Como una casualidad, cayó en mis manos el cuento de María-ía-ía, y me afectó tanto recordarlo, que le hablé de Llanos. Me di cuenta de que esa chica que luego desapareció de tu vida era lo único que creaba un hogar para mí cuando me tocaba ir a tu casa. Era lo inesperado, una figura de apoyo emocional, de cuidado y de ternura que me hizo muy fácil aquel drama que significaba para mí irme contigo unos días. Quizá era ella lo que me ayudaba a descolgarme de los quicios de las puertas y a dejar de chillar que no quería irme. Tengo tanto que agradecerle y tanto miedo a ponerme en contacto con ella para no removerle cosas dolorosas… Tú no lo entiendes, pero es duro cargar con tu entorno y con el dolor que provoca en los demás, sin que se quiera tener nada que ver con eso.

Y podría seguir, haciéndote una lista de los momentos más dolorosos, cómo me he sentido en ellos y cómo me han afectado en mi vida adulta. Sin embargo, tanto tú como yo los conocemos y estoy segurísima de que eres casi más consciente que yo. Por eso esto es más un ejercicio para mí que un mensaje para ti. De todas formas, por favor, intenta en lo venidero no provocar que alguien se sienta prescindible, inútil, despreciado y mala persona. Sobre todo, si ese alguien es tu hijo. Porque el daño es profundo y la solución no es menos dolorosa ni más sencilla.

 

Agur.


 

Por favor, sentíos libres de expresaros si lo necesitáis. Quizá, lo único que nos queda es ayudarnos unos a otros.

Un comentario sobre “Los padres que odiaban a sus hijos Deja un comentario

  1. Espero que muy pronto el silencio se haga un hueco para entrar en tu mente. Y así crezca el convencimiento de que tú precisamente, a pesar de que apenas te los hayan dicho. lo cierto es que vales un montón y te lo vas a demostrar un millón de veces. Un abrazo.

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